LAS TRECE ROSAS
“Que mi nombre no se borre de la historia”. Estas fueron las últimas palabras de Julia Conesa antes de morir. Contaba tan sólo diecinueve años cuando fue fusilada, junto con otras doce compañeras, ante las tapias del cementerio del Este de Madrid (actualmente de la Almudena). ¿Su delito? Ser “cobradora de tranvías durante la dominación marxista”. Todas estas muchachas, algunas incluso niñas, a las que la Historia conocerá con el nombre de las Trece Rosas, pertenecían (excepto Blanca Brisac) a las Juventudes Socialistas Unificadas y desempeñaron diversos papeles en la retaguardia madrileña durante la guerra. Hoy su historia sigue viva, quizás más que nunca, porque su recuerdo nunca se borró. Esta es su historia. Madrid, marzo de 1939. La Guerra Civil ha llegado a su fin. Cautivo y desarmado el bando vencido se mueve desoriento entre la espesa bruma gris que cubre la capital de desolación y tristeza. Franco había declarado que aquellos que no tuvieran delitos de sangre nada tenían que temer, alentando a los que decidieron seguir en Madrid. Mentía. La represión se instala inmediatamente como una espada de Damocles sobre la cabeza de los españoles. Se multiplican las detenciones y se incita a la delación. Los militantes de JSU tratan de reorganizar la resistencia pero uno de sus dirigentes es capturado por la policía y, tras ser torturado, confiesa todo a quienes le interrogan.
Comienzan las detenciones. Especialmente escalofriante fue la de Blanca Brisac. Era católica, no militaba en las JSU y votaba a las derechas pero fue a parar junto a las demás a la cárcel de Ventas por intentar ayudar ella y su marido a un amigo músico de militancia comunista. Sin garantías, ni derechos de ningún tipo las detenidas fueron hacinadas en la cárcel de Ventas, edificio concebido para albergar a 450 presas pero que llegó a contar con 5.000 reclusas en condiciones de vida inimaginables. Los detenidos podían pasar semanas e incluso meses en las dependencias policiales donde eran sometidos a brutales interrogatorios, siguiendo métodos heredados de la Gestapo nazi.
La acusación a la que se enfrentaban era “delito de adhesión a la rebelión” (curiosa práctica de “justicia al revés” con la que los rebeldes juzgaban a aquellos que se habían mantenido fieles a la legalidad republicana). Se pedía la pena de muerte pero las muchachas no se lo acababan de creer, ¿cómo iban a fusilarlas si eran tan solo unas niñas? Sin embargo, pronto se produciría un acontecimiento que, aunque fuera totalmente ajeno a ellas, marcaría fatalmente sus destinos. El 29 de julio, Eugenio Gabaldón, un comandante de la Guardia Civil que tenía aterrorizada a toda la zona de Talavera de la Reina, fue victima de una emboscada siendo asesinado junto a su hija y su chofer.
La venganza no se hizo esperar. Poco importaba que ninguno de los que iban a ser juzgados tuvieran la más mínima relación con aquel crimen. Para la justicia franquista todos eran lo mismo, rojos, enemigos de la Patria. De improviso, el 2 de agosto todos los detenidos de la JSU de Madrid fueron juzgados (sin conocer si quiera a su defensor) y condenados a muerte. La sentencia se ejecutaría el día 5 de agosto cuando fueron fusilados 43 hombres y las 13 Rosas, la mitad de ellas menores de edad. Sus nombres eran Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. Eran modistas, pianistas, sastras, amas de casa. Como testimonio inmutable y estremecedor de uno de los episodios más crueles de la represión franquista contamos con la correspondencia escrita de sus últimos momentos de vida. Especialmente conmovedoras son las cartas de despedida que escribieron a sus familiares pocas horas antes de ser ejecutadas. Así se despedía Blanca (29 años) de su hijo, a quien por cierto le ocultaron la carta de su madre durante dieciséis años: “Voy a morir con la cabeza alta […] Sólo te pido que seas muy bueno, que quieras a todos y que no guardes rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor y tu tienes que ser un hombre bueno, trabajador […] Recibe después de una infinidad de besos el beso eterno de tu madre”. Dionisia Manzanero (20 años) sorprende por su fortaleza y lucidez en un momento tan dramático: “Estoy serena y firme hasta el último momento, pero tened en cuenta que no muero por criminal ni por ladrona, sino por una idea.” Y finalmente, Julia Conesa: “Muero como debe morir una inocente. Adiós madre querida, adiós para siempre. Que mi nombre no se borre de la historia”
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