LOS ESPAÑOLES DEL WINNIPEG


No cabe duda de que el exilio español de 1939 fue uno de las mayores tragedias de la Historia Contemporánea de España. No voy a entrar aquí en discusiones historiográficas sobre el carácter de la emigración española, poco útiles, a mi entender, fuera del estrecho ámbito académico. Ahora tan sólo me interesa destacar la importancia de un exilio poco conocido, anónimo en su mayor parte, y que ha recibido poca atención por parte de los investigadores, “seducidos” quizás por otros países que recibieron exiliados más numerosos y prestigiosos. Me refiero al exilio de los españoles republicanos en Chile, en cierta medida, una historia por hacer. En efecto, aunque no han sido muchos los historiadores que se han dedicado a su estudio, en una primera aproximación salta a la vista que se trata de un exilio con peculiaridades propias dentro del contexto de la gran emigración española de posguerra.

 La llegada de los republicanos españoles está indiscutiblemente unida a la figura del poeta Pablo Neruda, gran amigo de la República española, y a sus esfuerzos, como Cónsul de Chile en París, para lograr evacuar a unos miles de españoles que huían desesperados de su patria. Sin embargo, la organización de la evacuación tuvo que hacer frente a un sin fin de obstáculos dentro del propio Chile. En primer lugar, hasta 1938 el gobierno conservador de Arturo Alessandri había sido un ferviente defensor de los generales sublevados, si bien el triunfo del Frente Popular, formado por radicales, socialistas y comunistas bajo la presidencia de Pedro Aguirre Cerda, marca un giro radical en la actitud gubernamental ante la guerra civil española. Con todo, el triunfo de la izquierda llegaba en un momento en que la crisis económica se cebaba con la sociedad chilena, influenciada por una prensa mayoritariamente conservadora que denunciaba constantemente la desestabilización que provocaría la llegada masiva de refugiados. Ante esta situación, Neruda formó en noviembre de 1937 la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura con el objetivo de abrir las puertas del país a los refugiados españoles, como ya se estaba haciendo en México.

El joven gobierno frentepopulista chileno, para quien resultaba arriesgado comprometerse con la República española, acabó imponiendo una serie de condiciones: seleccionar a personas útiles para la agricultura y la industria, preferentemente de origen vasco o catalán, y que fuesen inmigrantes con fama de honrados y trabajadores, rechazando expresamente la admisión de profesores e intelectuales que pudiesen hacer competencia a los autóctonos. Curiosamente se excluía a los mineros asturianos, considerados muy activos políticamente, y a los andaluces, con fama de indolentes en la opinión pública chilena. A todos se les exigió, además, el compromiso de no inmiscuirse en la política chilena bajo pena de expulsión. Finalmente, Neruda consiguió fletar un viejo barco de carga francés, el Winnipeg, cuyo nombre quedó para siempre grabado en la memoria y en el corazón de los 2.000 republicanos españoles que arribaron a las costas de Valparaíso el 3 de septiembre de 1939, después haber sufrido un sin fin de calamidades.

 Podemos afirmar por tanto que la emigración española a Chile fue la más proletaria de América Latina, estando integrada en su mayor parte por población trabajadora que se dedicaron sobre todo a la agricultura, la industria pesquera, el transporte y la metalurgia y que, de hecho, contribuyeron al despegue económico chileno de los años siguientes. Por otra parte, no es menos cierto que Neruda consiguió embarcar en el Winnipeg a varios intelectuales y profesionales liberales, cuya aportación al panorama cultural chileno ha sido innegable. No es este el lugar para realizar un recorrido exhaustivo por la nómina de la intelectualidad republicana llegada a Chile, aunque rápidamente vienen a nuestra memoria nombres como José Balmes, Roser Bru o Leopoldo Castedo.

Precisamente el historiador y ensayista Leopoldo Castedo[1] cuenta cómo su hija Elena, aquejada de tos ferina, le preguntaba a su madre al llegar a las costas chilenas: Mamá. Cuando nos echaron de Madrid, nos fuimos a Valencia; cuando nos echaron de Valencia, nos fuimos a Barcelona, y cuando nos echaron de Barcelona, nos fuimos a Francia. De Francia nos echaron a Chile. Cuando nos echen de Chile, ¿adónde nos vamos a ir?... Sin embargo, Elena ya no tuvo que huir más. En Chile se quedó y se hizo chilena.


[1] El País (2-9-1989)



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