ESCULTORES GRIEGOS DEL SIGLO IV a.C.


Si en la época clásica la escultura griega había estado presidida por la serenidad de formas y el equilibrio, los escultores del siglo IV a.C., van a prestar una mayor atención a la expresión de los sentimientos en los rostros. 


Es ahora cuando el individualismo y el psicologismo encuentran eco en el arte griego. Scopas es el introductor del elemento pasional en la escultura (pathos) y lo consigue mediante una expresiva agitación y vibración de los pliegues por medio de una estructura de masas redondas de proporciones sobrias y simples. Todo ello lo observamos en la “Cabeza de Meleagro” (Museo de la Villa Medici, Roma), en cuyo rostro se refleja la trágica expresión de una muerte inmediata mediante la plasmación de los ojos hundidos, la mirada visionaria, la boca entreabierta y los cabellos revueltos que proporcionan efectos de impresionantes claroscuros. Igualmente sobrecogedora es la “Ménade furiosa” (Museo Albertino de Dresde) con la que Scopas representa a una de las ninfas que rendían culto a Donisios en pleno éxtasis orgiástico, semidesnuda y concebida para ser contemplada por el costado. 


En el polo opuesto, y, a la vez, complementándose con él, encontramos a Praxíteles, creador de un estilo original en su serie de Apolos de cuerpo blando que curvan su cadera (curva praxiteliana) al apoyar el brazo y transmiten en sus rostros una intensa nostalgia. La curva es tan potente que casi todas sus esculturas necesitan un punto de apoyo para mantenerse estables. Uno de los mejores ejemplos de su obra lo encontramos en el “Hermes con Dionisos niño”, de Olimpia, en el que podemos apreciar una evidente nota de humanidad en el intercambio de miradas entre ambos personajes o en la manera en la que el niño extiende sus brazos. Sin embargo, se considera que su obra cumbre es la “Afrodita de Cnido” (Museo Vaticano, Roma), aunque las copias que se conservan son bastante mediocres. En este caso, encontramos a la diosa de la belleza y el amor en el momento de tomar un baño, tapándose pudorosamente sus atributos sexuales, cuyas torsiones le otorgan un incipiente movimiento y supone una humanización de la divinidad.




Por último, entre los maestros del siglo IV a.C., podemos destacar también la figura de Lisipo que fusiona las emociones líricas de Praxiteles y el pathos escopásico y en su Apoxyómeno (Museos Vaticanos) señala la definitiva conquista del espacio a través de figuras plenas, corpóreas, concebidas según una completa pluralidad de puntos de vista y estableciendo un nuevo canon de proporciones de 8 cabezas (frente a las 7 de Policleto).













Comentarios

  1. Es cierto que en las esculturas de Lisipo, Scopas y Praxíteles, algo alajadas del idealismo del siglo anterior, se empieza a dar cabida a los sentimientos, la pasión, los estados de ánimo. Luego, ya en época helenística, esto se agudizará notablemente en ejemplos como el Grupo de Laooconte, movimiento, realismo exagerado, dolor, agonía... en estado puro.
    Un saludo y ánimo con tu blog.

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  2. Así es Cayetano...y qué decir de los Galatas, pura teatralidad. Gracias por tu comentario, ¡un saludo!

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