ARTE ISLÁMICO. UNA INTRODUCCIÓN.


El hecho islámico no ha sido nunca ajeno a la civilización occidental, aunque en ocasiones ha sido presentado de forma parcial y enfrentada a la misma. Por ello es conveniente recordar que el Islam es una cultura que ha creado una de las mayores aportaciones a la humanidad, siempre desde el punto de vista de la universalidad.


En líneas generales, el término islámico y musulmán no tiene contenido étnico, sino que alude a todo aquel perteneciente a esta cultura y que profesa la religión islámica. El arte islámico es pues la manifestación plástica asociada a una religión, que surge en el siglo VII pero que llega hasta nuestros días. Dicha religión contiene elementos de extremada complejidad, pero también lo que denominamos "cinco pilares del Islam", que son aquellos que recogen su contenido dogmático y sus elementos de culto. El primero de ellos es la profesión de fe o sahada, que consiste en la creencia simple y sencilla de que no hay más Dios que Alah y que Mahoma es su profeta ante los hombres. El segundo es la oración, que debe realizarse cinco veces al día, destacando la oración comunitaria del viernes. El terce pilar es el ayuno y el cuarto la limosna (zakat), destacándo, por último, la peregrinación a la Meca, obligatoria al menos una vez en la vida y que adquiere un profundo sentido social y comunitario.

Diversos autores han señalado que la principal característica del arte islámico es su casi exclusivo carácter religioso, junto a la preponderancia de la arquitectura y la decoración sobre el resto de manifestaciones artísticas. Hay que señalar que los pueblos preislámicos carecían de manifestaciones artísticas complejas por tratarse de poblaciones nómadas de estructura tribal. Por ello, el Islam fue adoptando las diferentes tradiciones con las que tuvieron contacto pero seleccionando sus elementos e imponiéndoles su impronta personal. En este sentido, la unidad del arte islámico viene dada por el predominio de la religión, mientras que la dispersión y variedad procede de los distintos orígenes culturales existentes en cada lugar.

También se ha señalado que los rasgos esenciales del arte islámico son consecuencia de su concepto de la divinidad. Esto se traduce en la inexistencia de imágenes sagradas, la relevancia cultural de la lengua árabe, la tendencia a la estilización y la estética de lo imperecedero e inmutable. Dado que Dios es inaccesible a través de los sentidos, se ha suplido la existencia de imágenes con la presencia de atributos divinos, fundamentalmente la Palabra contenido en El Corán y revelada en lengua árabe. Así, el arte islámico no tiene como función la imitación de la naturaleza, sino que es un medio para demostrar que las cosas no existen por sí mismas, tendiendo por ello a la estilización.

En este sentido, la abstracción sirve para expresar de forma visible lo espiritual por medio de la geometría, el ritmo y la palabra. Luca Mozzati ha señalado que el concepto unitario de la religión islámica se puede representar geométricamente por medio del punto. La acción de Dios es representada por el movimiento del punto, es decir, la línea. Así, la primera figura geométrica existente sería el círculo, que es una unidad completa e inmensurable, al no tener principio ni fin. A partir de esta estructura se van construyendo el resto de figuras geométricas, de modo que tanto los motivos geométricos como la caligrafía en sus múltiples variantes (cúfica, nasji) no son únicamente decorativos sino significativos, es decir, constituyen un medio de comunicación entre Dios y los hombres.

Por último, mencionar que en el desarrollo del arte islámico se pueden distinguir, al menos hasta el siglo XVIII, tres grandes periodos: el periodo de formación, que coincide con el Califato Omeya (661-750), presentando una gran influencia clásica y en el que se establecen gran parte de las tipologías artísticas; un periodo medios, que abarca la época del Califato Abbasí (750-1258), en el que destaca la fundación de Bagdad con planta circular o las construcciones de Samarra, donde se recupera el uso del ladrillo y el adobe, así como otras estructuras orientales (iwan); por último, el periodo que discurre hasta el siglo XVIII, caracterizado por la disgregación estética y por la continua orientalización del arte. En cualquier caso, hay que señalar que en este secuencia se pueden identificar diversos estilos artísticos asociados a las correspondientes dinastías reinantes: selyúcidas, fatimíes, mamelucos, otomanos, almorávides, almohades, nazaríes etc.

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